Baúl

Posted on May 13, 2011 by paco

Baúl

A veces me pregunto en qué momento dejamos de vivir en el presente para extraviarnos en el baúl de recuerdos que hemos acumulado a lo largo de nuestras vidas; memorias de tiempos pasados, distorsionadas, fragmentadas, llenas de fantasmas de las personas que fueron o debieron ser y que nos acompañaron en algún momento.

Estamos hechos de recuerdos, el presente es efímero, instantáneo, es una cortina transparente que separa lo que fuimos de lo que seremos, el futuro es incierto, no existe, es un artilugio de que hemos creado para escapar del pasado. Estoy hecho de lo que han visto mis ojos, de lo que he sentido, estoy hecho de lo que me hizo reir y de lo que me ha lastimado.

Mi ser es un laberinto de recuerdos, algunos fieles al hecho histórico y la mayoría son aumentados o disminuídos, alterados, mutilados por la lente desenfocada de mi mente en un intento de hacerlos soportables o bien con un afán de enaltecerme y asemejarme a ese autoconcepto que me he creado de mi mismo.

Soy un intrincado laberinto de imágenes y recuerdos que he construído desordenadamente con cada momento que transcurre, con cada gota de tiempo que cruza la frontera entre el fututo y el pasado.

Recuerdos que se acumulan en montañas desordenadas cuya cumbre no puedo ver, imágenes que se vuelven paredes de este laberinto y que con el paso del tiempo se vuelven cada vez más altas e infranqueables. Imágenes a las que me aferro, en las que me refugio, imágenes que se vuelven borrosas, que desaparecen hasta que llega el momento en el que me sorprendo a mi mismo viendo una hoja en blanco.

Nuestra insistencia en la trascendencia no es más que el resultado de la necesidad de aferrarnos a un punto de referencia ante la vertiginosa e imparable brutalidad del tiempo, ante nuestra necesidad de una perspectiva razonable de la magnitud del tiempo en el que transcurren nuestras vidas, ante la incertidumbre del  cuándo y cómo empezamos y dejamos de ser, y sobre todo, una autodefensa para evitar darnos cuenta de la insignificancia de nuestra persona en el mundo en el que se desenvuelve.

Hay ocasiones en las que se extravía el pensamiento y empieza a divagar, nuestra mente olvida la corporalidad que le sostiene y por un momento, por un brevísimo instante sentimos que todo hace sentido, todo es, ha sido y será en un contínuo, vemos de lo que está hecho el tiempo y nos damos cuenta que somos un vehículo de algo o alguien más y que estamos atrapados en un  cuerpo y en un tiempo, en un submundo de algo infinito.

Justo en ese momento en el que estamos a punto de leer ese secreto que contiene la clave de lo que somos, la solución al enigma del mundo que nos rodea,  justo cuando estamos a punto de romper esa membrana que nos mantiene atrapados en la autoconsciencia, que nos obscurece la vista del mundo detrás de nuestro mundo, es en ese preciso instante cuando sentimos una patada mental, un golpe orgánico por llamarlo de alguna manera, un mecanismo de seguridad de nuestra propia mente para evitar que divague por senderos en los que se podría extraviar y nunca regresar. Es ese momento que se apaga nuestra lucidez y toma control el instinto, es el momento en el que nos sentimos más animales, más corpóreos, sentimos la luz, el ruido, el movimiento, y nuestro pensamiento se reprocha a si mismo por abandonar la autoconciencia por olvidarse del humano detrás de el, por un brevísimo instante vivimos y no solo existimos.

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