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De la vida moderna

Las normas de la llamada “vida moderna” y con su tácita moral autoaceptada nos han llevado a adoptar una cultura del reemplazo, de seres humanos desechables, del reduzca-reuse-recicle, a desenvolvernos en un ambiente donde todo tiene un propósito, una fecha de caducidad y un precio.

Las relaciones personales no son la excepción, en los medios, las aulas e incluso en las conversaciones de sobremesa se declara, convenientemente, que el amor dura tres años y no por las infidelidades o por la falta de interes de las parejas, sino porque está científicamente comprobado que el cocktail de substancias químicas que -engañan- al cerebro y mantienen la ilusión de necesidad de convivencia con la pareja deja de ser efectivo con el paso del tiempo, y de la misma manera porque también está científicamente comprobado que la procreación afecta la química cerebral, apaga la pasión y genera substancias que dan la sensación de bienestar y mantienen la familia unida por otro plazo de tiempo con su respectiva y conveniente caducidad.

Esto deja a las parejas modernas que no han podido procrear, por cualquiera que sea la causa, en un entredicho. Una vez que ha caducado su relación, de acuerdo a estas justificantes, tienen la opción de tomar la decisión de abandonarse mutuamente sin hacer un mínimo esfuerzo haciendo a un lado los aspectos racionales, humanos y sociales que la moral del siglo XXI permite obviar sin mayores consecuencias. Aspectos que para nuestros padres y abuelos eran indispensables para una vida ordenada, responsable, productiva y civilizada, o bien, las parejas se encuentran con la posibilidad de continuar unidos y esperar el mejor resultado, pero sin tener una guía o un camino a seguir para crecer juntos. Hoy la responsabilidad personal se limita a causar el menor daño posible, cualquiera que sea su índole y siempre y cuando no afecte nuestros propios intereses.

Es por eso que vemos tantas relaciones efímeras con el tan afortunado calificativo de “one night stands”, y yo diría, no solo “one night”, sino “one afternoons”, “one mornings” y que se yo, hasta “one hour stands”.

El amor si existe, el amor a primera vista también, pero de acuerdo a los cánones del siglo XXI y de la generación del internet, no es una conexión con el universo, no es tampoco encontrar esa media naranja metafísica, no es entrar al jardín del zen y encontrar la iluminación, no es llegar al nirvana y ver al mismísimo budha vistiendo Dolce y siguiendo la dieta Atkins, el amor es una intoxicación de dopamina y norepinefrina, drogas que genera el mismo cuerpo, es una atrofia que bloquea la serotonina la cual nos permite analizar y evaluar objetivamente a los demás, (algunos somos adictos a la serotonina). El amor se ha vuelto meramente un fenómeno físico y químico.

El amor, según la nueva norma, no es muy diferente de una enfermedad donde se apague el hipotálamo y se sobrecaliente el córtex cerebral. El amor es lo mismo que una noche de sexo, drogas y rockandroll, solo que por más tiempo y significativamente más caro, ah! y con el inconveniente de tener freno de mano incluído.

Pero ya basta de anatomía y cosas peores, volviendo a la cultura del reemplazo, albergamos la idea de que siempre hay algo mejor y que cualquier cosa es susceptible de ser reemplazada, ya no es necesario que algo deje de funcionar para reemplazarlo, deja tu de arreglarlo. La existencia de algo mejor, o mejor dicho, la creencia en la existencia de algo mejor se ha vuelto justificación suficiente para el cambio, y así nos vemos inmersos en un mercado de oferta y demanda de autos, zapatos, casas, personas…, en todas sus variedades y clasificaciones; nos hemos vuelto un producto diseñado, fabricado y comercializado. Hablamos del mejor empleado, la mejor esposa, el mejor novio, el mejor amante, cada uno para satisfacer una necesidad muy particular, respondemos a una necesidad autocreada y que da pauta para formarnos una estructura súmamente volátil de relaciones interpersonales basadas exclusivamente en la propia conveniencia.

Nuestras vidas se han compartimentalizado, somos personas diferentes dependiendo de la hora, el lugar y la compañia, hemos perdido el marco autoreferencia y de identidad propia, somos una generación caracterizada por la ambigüedad y la apatía, somos una generación que bajo términos clínicos sería psicótica y sociópata. Pareciera que somos el último peldaño evolutivo de la conciencia humana, una multitud de Übermensch mediocres donde cada uno de nosotros crea sus propios valores y es dios de su microcosmos que no llega más allá de sus propias narices.

La pregunta es, ¿Queremos evolucionar como generación? ¿Cuál va a ser nuestra guerra mundial? ¿Nuestra gran depresión? ¿Nuestra pandemia? ¿El 11 de septiembre?, no creo, ¿Iraq?, tampoco, ¿Osama, Obama?, son fenómenos mediáticos que no nos importan ni nos afectan. ¿Cuál será la encrucijada por la que nuestros bisnietos sabrán de nosotros en los libros de historia?, Realmente no lo se. Sin embargo como dijo en algún momento aquel personaje, Tyler Durden, iconoclasta, símbolo de esta generación y de su dicotomía interna, del amor y del odio al mundo material, del enfrentamiento con la autoridad y con las reglas autoimpuestas, nuestra gran guerra es espiritual, nuestra gran depresión es la de nuestras vidas. Hemos sido criados por la televisión para creer que seremos millonarios, o artistas, o que somos bellos, pero no es así, nos estamos dando cuenta de ello poco a poco, y es por ello que estamos súmamente encabronados.


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